“Francisco: gracias. Y ahora, no nos sueltes la mano”

“Francisco: gracias. Y ahora, no nos sueltes la mano”

A un año de tu Pascua

Querido Francisco: como vos bien sabés, cuando amanece en nuestros barrios

populares, la vida empieza antes que el sol termine de asomar. Se escucha el ruido

del colectivo que pasa lleno, las ollas que se encienden temprano, los chicos que

corren con el guardapolvo todavía desabrochado, las madres que apuran el paso para

llegar al trabajo. En esas mismas calles que tantas veces caminaste como Jorge, con

paso tranquilo y mirada atenta, hoy seguimos intentando vivir la Iglesia que nos

enseñaste: una Iglesia que no observa desde lejos sino que se mete en la historia

concreta de su pueblo. Por lo tanto, sentimos que es tiempo de empezar a peregrinar

tu legado.

Por eso, te decimos:“Francisco: gracias. Y ahora, no nos sueltes la mano”.

Hace un año que Francisco pasó a la Casa del Padre. Para muchos fue la despedida

de un pontífice. Para nosotros, en los barrios populares de la Argentina, fue la Pascua

de un pastor que conocía la textura concreta de nuestra historia. No recordamos solo

al Papa, sino al obispo que caminaba nuestros pasillos, que se detenía a escuchar,

que sabía que la vida del pueblo no es materia de estudio sino lugar teológico.

Cuando, al inicio de su pontificado, se definió como “un pecador en quien el Señor

puso los ojos”, no hizo una confesión privada sino una afirmación eclesial profunda.

Quien se sabe mirado por misericordia aprende que la Iglesia no nace de la perfección

sino de la gracia que la precede. Esa conciencia marcó su mirada pastoral: no una

Iglesia autosuficiente, sino una Iglesia que vive de la misericordia y la ofrece.

Francisco retomó con fuerza la intuición central del Concilio Vaticano II: la Iglesia es

Pueblo de Dios en camino. No es primero estructura ni administración, sino comunión

viva de bautizados que comparten una fe encarnada en una cultura concreta. Desde

esa convicción habló del discernimiento como actitud permanente: no aplicar fórmulas

abstractas, sino escuchar lo que el Espíritu suscita en la historia real.

En nuestros barrios populares hemos aprendido que el pueblo no es objeto de

asistencia ni destinatario pasivo de programas pastorales. El pueblo es sujeto

creyente. Tiene memoria, símbolos, sabiduría práctica, capacidad de organización, fe

resistente. Cuando una madre organiza el rosario en la esquina donde hubo violencia;

cuando los vecinos levantan una capilla con materiales precarios pero con convicción

profunda; cuando una comunidad sostiene a un joven en recuperación aunque haya

recaídas; allí se manifiesta una eclesialidad viva que no nace de la planificación sino

de la sabiduría de la fe del pueblo.

La teología del pueblo, que tanto marcó la formación de Jorge Bergoglio, nos enseñó

que el pueblo no es masa ni categoría sociológica. Es sujeto histórico-cultural donde la

fe se expresa y se encarna. No se trata de romantizar la pobreza ni de negar las

heridas sociales. Se trata de reconocer que en medio de la fragilidad el Espíritu actúa

y que la evangelización no consiste en llevar a Dios donde no está, sino en descubrir

cómo ya está obrando.

En esta misma línea, el Santo Padre León XIV nos recuerda que los pobres no pueden

ser considerados solamente como un “problema social”, porque son una “cuestiónfamiliar”, “son de los nuestros” (cf. León XIV, Dilexi te, 104). Esta afirmación no es

sentimental. Implica reconocer que la Iglesia no se relaciona con los pobres desde la

exterioridad sino desde la pertenencia. No los atiende como destinatarios lejanos, sino

que camina con ellos como parte de una misma familia.

La Iglesia que nace del pueblo y se deja evangelizar por él

Por eso creemos necesario afirmar con serenidad y convicción que la experiencia

pastoral nacida en los barrios populares tiene valor paradigmático para toda la Iglesia

argentina. No porque sea perfecta ni porque deba copiarse mecánicamente en otros

contextos, sino porque en ella se han verificado de manera concreta intuiciones

eclesiales que el Espíritu ha suscitado para nuestro tiempo.

En los barrios populares se ha aprendido que la presencia precede a la estructura, que

la comunidad precede al proyecto, que la escucha precede a la palabra. Se ha

experimentado que la evangelización auténtica no comienza en la planificación

estratégica sino en el encuentro personal y en el acompañamiento paciente. Se ha

confirmado que el discernimiento no es ejercicio individual de autoridad sino búsqueda

compartida de la voluntad de Dios en medio de la historia.

Esta experiencia muestra que la Iglesia crece cuando se deja afectar por el dolor real

del pueblo y cuando asume procesos largos sin obsesionarse por resultados

inmediatos. Enseña que la pastoral no puede reducirse a administración de

sacramentos ni a organización de eventos, sino que debe abarcar la totalidad de la

vida humana: educación, trabajo, cultura, salud, vínculos, espiritualidad.

En ese sentido, la pastoral popular no es una pastoral para pobres sino una forma de

ser Iglesia que ilumina a toda la Iglesia. Allí donde se practica la cercanía, la

misericordia concreta, el acompañamiento de procesos y la participación activa del

pueblo, se realiza una imagen de Iglesia profundamente evangélica. Por eso

sostenemos que esta experiencia no es marginal sino reveladora.

Lectura del momento actual

A un año de la Pascua de Francisco, constatamos que nuestras comunidades siguen

atravesadas por heridas profundas. El narcotráfico se ha vuelto más complejo y

violento; el entramado económico que lo sostiene penetra ámbitos formales; la

circulación de armas fragiliza la vida cotidiana; la fragmentación social debilita vínculos

que antes eran sostén. Muchos jóvenes crecen sin horizonte claro y muchas familias

experimentan la soledad de procesos que deberían ser acompañados

comunitariamente.

Sin embargo, en medio de estas heridas, la vida persiste. En nuestras capillas, que

son al mismo tiempo templo y casa, se celebra la Eucaristía y se organizan redes de

apoyo. En las escuelas del barrio la educación se vuelve acto de justicia concreta. En

los clubes parroquiales el deporte reconstruye pertenencia. En los Hogares de Cristo

la recuperación es proceso largo de reconstrucción integral. En las cárceles el

acompañamiento pastoral afirma que nadie queda fuera de la misericordia.

Esta experiencia confirma que el pueblo no espera soluciones mágicas, espera

presencia fiel. Y esa presencia transforma porque reconstruye tejido comunitario y

devuelve dignidad.

Llamado a conversión pastoralPor eso sentimos la responsabilidad de dirigirnos a la Iglesia argentina con espíritu de

comunión y franqueza evangélica. La Pascua de Francisco no puede quedar reducida

a memoria afectiva; debe convertirse en llamado a conversión pastoral.

Conversión pastoral significa revisar nuestras prácticas y nuestras seguridades.

Significa preguntarnos si nuestras parroquias son verdaderamente casa abierta o

espacios autorreferenciales. Significa discernir si nuestras estructuras favorecen la

cercanía o generan distancia. Significa escuchar al pueblo no solo como destinatario

sino como interlocutor y sujeto activo.

Implica pasar de una pastoral de conservación a una pastoral decididamente

misionera y cercana. Implica aceptar que la evangelización comienza en el encuentro

y que la doctrina se encarna en la historia concreta de los pueblos. Implica reconocer

que el discernimiento comunitario requiere humildad, tiempo y capacidad de dejarse

interpelar.

A las autoridades del Estado les recordamos que ninguna política pública será

suficiente si no enfrenta con decisión el entramado del narcotráfico y el lavado de

dinero y si no construye un Estado verdaderamente inteligente, capaz de promover de

manera sostenida la educación, el trabajo y la vivienda digna. Pero nuestra palabra

principal está dirigida a la Iglesia, porque creemos que la renovación comienza por

casa.

Si Francisco se reconoció como pecador mirado por misericordia, nosotros también

necesitamos dejarnos mirar nuevamente por esa misericordia para no endurecer el

corazón frente al sufrimiento de nuestro pueblo y para no instalarnos en seguridades

que nos apartan de la historia real.

Ponemos esta palabra bajo la protección de la Virgen de Luján, Madre del pueblo

argentino. Ella nos enseñe a permanecer junto a los más frágiles y a sostener la

esperanza en medio de la fragilidad.

Desde los barrios populares, ofrecemos este discernimiento a la Iglesia argentina con

espíritu de comunión y con la certeza de que el Espíritu sigue suscitando caminos

nuevos cuando nos dejamos conducir por Él.